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miércoles, enero 11, 2006

Aleatorio

Entramos en la sala difícilmente repleta. Llegamos tarde:
"Dando por descontadas todas las estrategias que lindan con la superstición y que alivian nuestro encuentro con un azar singularizado, focal, las ceremonias de esa terapéutica y la eficacia socializadora del azar socializado, olvidando ahora nuestras disonancias, así diremos, cognitivas en lo que hace a determinadas situaciones analizables desde la teoría de la probabilidad y que los psicólogos se complacen en denunciar, apartando igualmente las ocasiones en que el experimentador introduce en su cuestionario el término “probable” sin mayores cauciones, fijaremos también nuestra atención en aquellas capacidades favorables y que nos informan (¿informaron a nuestros ancestros cazadores?) del camino a seguir, y que se reducen en esencia a saber distinguir entre el caso único y la multiplicidad de casos, que no es lo mismo que saber distinguir entre muchos y pocos. Entre los pocos y los suficientemente muchos casos.”
Nos ausentamos. Junto a recepción un monitor de televisión apenas nos sorprende. Programación: el azar se organiza en una cascada que crea algunas ilusiones mientras el jugador erige el perenne discurso terapéutico, se cura en la salud del dado que aún no acaba de rodar. Pero él sabe bien que ésa es su única partida y decide de un modo bien diferente a cómo lo haría de jugar una vez y luego otras más. Por decirlo al modo clásico, distingue esperanza matemática de valor moral.
En la segunda sala, Blaise Pascal canturrea: “Se vive solamente una vez y hay que aprender a jugar y a perder”, pero es posible que oyéramos mal la última palabra. Quizá se trate de un impostor, nunca se sabe. Volvemos con nuestro conferenciante primero. Desde el umbral:
“El término se ha de aplicar al conjunto completo, no a un caso individual. Por evitarlo, diría que podemos plantearnos la repetición del caso individual, pero no se puede pensar en la repetición del conjunto.”
Nos quedamos sin saber de qué término está hablando, pues acudimos a la tercera sala, voz más lejana, pero insistente: “Y, en fin, como dijo el poeta, «la memoria disminuye, pero el olvido nos ahoga». No dejaremos de citar a Pacheco, modelo de concisión, espejo, abismo, respuesta, puede que grandes peces”
La transcripción del cronista sentado a nuestro lado y la tinta duele, el blanco papel, etc. Edad cansada para el alumno que no es mozo.
Huimos. Una voz nos reclama: aceptamos el cargo de bedel que ofrece. El río de nuestros cuidados lo siente el mundo por estorbo. Las salas vacías y los ceniceros tristes. No necesito atender.

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