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lunes, febrero 13, 2006

Ficción

Cuando parecía que no sólo su relato había llegado a su fin, sino que la velada no podía avanzar un paso más y lo único que restaba era levantar la reunión y cambiar la compañía por la soledad de cada dormitorio, se incorporó con los brazos en alto, como un director de orquesta que se detiene para dar comienzo, según una interpetación cursi de su oficio, a la cuenta cósmica del tiempo. Movió las manos hacia delante, los antebrazos inmóviles, y nos dijo:
“Lo mejor que tiene la mentira es la lógica. La lógica y la retórica. Pero eso no quiere decir que no aprendamos de las mentiras o de las ficciones. Y no sólo a la contra porque algún engreído nos venga a sacar de nuestro error infantil, de nuestra interpretación ingenua. Por muchas más cosas, pero quiero que vean sólo el argumento del engreído. Seguramente es impecable cuando atiende al caso singular. Cuando se eleva, digamos “eleva” tomando invertido el eje de las íes (1), sólo alcanza un principio general cuyo significado práctico sólo puede venir con su enfrentamiento con otros principios. No es una ley, ni puede serlo.
"Sin embargo, el engreído, que lo es porque amonesta a los demás acerca de su ingenuidad, reconoce la posibilidad de verdad en un relato. Un relato puede ser verdadero o falso. Si es verdadero aprendemos; tal vez aprendemos algo irrelevante. Pero que pueda ser verdadero o falso nos revela algo acerca de la idea de verdad y de sus relaciones con la materia y la forma de ese relato, verdadero o falso.
“Ahora, esta noche, yo les he contado una historia de cuya verdad o falsedad no voy a decir nada, pero ¿se atreverían ustedes a decir que no han aprendido de mis énfasis y mis subrayados qué puede ser la verdad de un asunto? Y perdonen la inmodestia. El engreído del argumento era yo, sin duda, aunque todos los somos cuando nos dan una máquina de escribir(2). Las hipótesis y aquello de que hablan. Lo de Aristóteles, el deber ser de las cosas para saber de qué estamos hablando cuando hablamos de los hechos con algún abogado (3).
(1) Gustaba de las analogías matemáticas más o menos accesibles. Se refiere, claro está, al eje de ordenadas. Lo cierto es que quien transcribe sus palabras, se ha encontrado con una dificultad a la hora de escribir algo así como”Ys” o “yes”. Al escribir “íes”, el transcriptor tiene la sensación de que habla del plano imaginario, mejor dicho, del plano complejo.
(2) “Máquina de escribir” era para él un término genérico que iba del lapicero al ordenador pasando por la palabra hablada, a la que no parecía dispuestos a renunciar, así sólo salieran verdades de su boca.
(3) Puede ser interesante recordar que sobre todas sus obras, él estimaba un breve ensayo de título El individuo disuelto, donde venía a decir que en determinados géneros de discurso la historicidad de las peripecias individuales era tributaria de un número elevadísimo de considerandos, de los cuáles sólo podíamos saber algo con el entrenamiento de la mentira y de la ficción, aprendizaje que no es muy diferente de la propia vida.

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