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martes, febrero 26, 2008

Apólogo

Cuando volvía a su sueño, lo hacía siempre no con la esperanza de que una noche dejaría de soñar. Más bien lo hacía con la de que, al menos, ese teatro inconstante (que decía el clásico) estaría regularmente jalonado por los intermedios de la vigilia.
No podía decir que volviera a su sueño voluntariamente, pero el planteamiento de este último asunto siempre le había parecido francamente impertinente. Su sueño, además, incluía variaciones bien conocidas como las de soñar que se sueña o soñar que el sueño era la vigilia y viceversa.
En sus sueños solía escribir y dejaba sus escritos a los habitantes de ese mundo de los sueños, en el que –por cierto- no adivinaba mayor coherencia que en el otro, pero esto era una protesta ociosa que se permitía para dar fe de su escepticismo hasta en la vigilia. Siempre que acababa un escrito se lo confiaba a un lector. Casi nunca volvía a ver a sus lectores, y si en un nuevo sueño y por azar se topaba con alguno y le preguntaba por su parecer, éste se hacía el despistado o el olvidadizo.
En la vigilia también escribía, pero procuraba no hablar de sus sueños ni adentrarse en mayores paradojas. Tenía miedo de mezclar las palabras y, por tanto, acabar mezclando las cosas. Con lo bien que estaba con su clara separación de sueño y vigilia, esos dos reinos que tan nítidamente separaba a la luz del Sol. O eso creía él.

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